La de hoy fue una tarde especial, como todas las que, hasta ahora, he pasado con él. Sin embargo, fue distinta por motivos muy especiales; lo imaginé desde el momento en que empecé a contarle ciertos pasajes que desde hace un tiempo decidí reservarme sólo para mí. Lo que no imaginé era hasta dónde llegaría, y la medida en que la nostalgia me iba a golpear. Qué bueno que no me vio llorar la primera vez. En la segunda fue inevitable, pero la forma de tomarme entre sus brazos me hizo sentir especialmente tranquila, como si por dentro me dijera que no me dejaría nunca.
Entre besos, caricias suaves y un par de confesiones transcurrió el resto de nuestra tarde, en su recámara. La luz tenue de la calle hizo todo aún más especial. Ambos sabíamos que, en algún momento, tendríamos que regresar. Me sorprendió que me pidiera quedarme con él. Y me sorprendió aún más cuando me preguntó si podría ir conmigo al viaje que estoy planeando. Por supuesto que acepté, feliz.
No sé qué sucederá después; no quiero adelantarme a pensar nada que pudiera no ser posible, aunque es inevitable esbozar de repente alguna de esas sonrisas de las que tanto me quejaba. Porque recuerdo, y me gusta imaginar cosas, y creer que a su debido tiempo, pasarán.
Empiezo a quererle.