Escuchar a Flyleaf es tan... confuso. Hace que muchos de mis recuerdos se encuentren entre sí: unos me hacen sonreír, otros me arrancan un par de lágrimas y otros más de repente duelen. Nada grave, porque sólo son eso, recuerdos. Y yo decido cuánto.
Verás, hace poco más de un año tuve la experiencia más cercana al cáncer. A la leucemia, para ser precisa. Impacta sobremanera. Quizás sea uno de los mayores miedos de la gente, ya sea caer en él o ver a alguien cercano sufriendo. En ese entonces yo conocí a alguien que la padecía. Primero a través de Internet, y a los pocos días en persona, aprovechando que yo no iría a la escuela y que él estaría descansando en su casa. El encuentro fue lindo a su manera, bastante extraño. Más aún por el hecho de que nos habíamos hecho "novios" gracias a la comodidad que ofrece la virtualidad. Esos tres meses fueron difíciles en muchos aspectos: primera, y obviamente, por su enfermedad y el doloroso tratamiento de las quimioterapias. Segundo, por mis tareas escolares; fueron los meses de trabajo más arduo. Tercero, porque a pesar de ello casi todos mis fines de semana y mis escasas horas libres entre semana fueron para él; siempre hallé el modo de verlo. Además, al principio no supe cómo verían la situación en mi casa, por lo que tuve que mentir para ir a conocerlo. No pude con la mentira y dije la verdad, aunque me ofendió que me preguntaran si no lo hacía por lástima. Por supuesto que no.
Así pasaron tres meses, entre desvelos, visitas al hospital, muchas lágrimas y la alegría de saber que la enfermedad por fin estaba controlada. Sólo faltaba una última quimioterapia, sin embargo, él no me permitió ser parte ya de ese logro. Nunca imaginé que, detrás de todo eso, de la persona que yo creí que era, revelara ser un completo patán. Y es que le tenía preparada una sorpresa: la bufanda larga de color azul que en ocasiones uso, era originalmente para él, para cuando saliera por última vez de las radiaciones. Era como decirle "¡Pudimos, amor, lo logramos! Somos invencibles. Toma, es tuya".
Amor. Qué pena, por él, que no haya sido correspondido. Porque por mi parte, fue hasta benéfico: encontré el amor después de algunos meses. No me arrepiento, entonces, de esa reciprocidad inexistente.
Personalmente, no todo fue tan malo, porque de esa experiencia aprendí a tener fe. A tenerla realmente, y no en un sentido religioso puesto que no soy creyente, sino en uno más espiritual. Tener fe en que podíamos vencer una situación de tal magnitud. Y a tener esperanza: si pude con ello, en lo sucesivo podría con cualquier cosa. En verdad me sentí invencible.
A los pocos días de que me dejó, me fui a la playa con mi papá, siempre con algunas canciones de Flyleaf en la mente. Nos fuimos en autobús. El trayecto forzosamente nos obligaba a pasar casi frente a su casa. Cuando eso sucedió, no pude evitar soltar las lágrimas. Era comprensible, porque era dolor. Sin embargo, ya estando en el mar, con las piernas sumergidas hasta la mitad, dejé ir todo el llanto que me había estado guardando. Las olas se llevarían consigo todo ese dolor, lejos, muy lejos. Tan lejos que no tendría manera de regresar. Es por eso, entre otros motivos, que le tengo tanto cariño y apego al mar.
Regresamos, y me sentí mejor. Mucho mejor. Seguí sintiéndome poderosa e invencible, capaz de cualquier cosa que me propusiera porque no había nada que me lo impidiera, y con más fe y esperanza que la que sentí en toda mi vida. Agradezco que todo eso haya sucedido, porque a cambio recibí a la persona más especial que jamás he conocido. Curiosamente, en los días alrededor de mi cumpleaños, y desde entonces, cada día le quiero más.