No soy una de esas chicas que ostentan el título de poseer la nariz más bonita del mundo. Tampoco pienso que mi mirada sea tan atractiva como algunos me lo han llegado a mencionar. Supongo que es un complejo inducido por la abuela, quien en mi niñez solía repetir una y otra vez que mis ojos eran 'tristes', sólo porque los tengo ligeramente rasgados hacia abajo. Pero el maquillaje a veces hace maravillas, por lo que en la adolescencia supe disimular lo que desde niña consideré un defecto.
Mucho menos poseo un cuerpo escultural. Pero no me quejo, al menos no estoy gorda. Es uno de esos cuerpos promedio; ni demasiado flaca pero tampoco obesa. Aunque sería bueno eliminar tal vez unos 4 kilos.
No suelo hablar demasiado, y no soy buena para mantener conversaciones carentes de sentido. Pero defiendo mis argumentos, y es difícil hacerme cambiar de opinión. A veces olvido que ya he contado una anécdota y suelo repetirla. Es desesperante oír 'ah, sí, ya me lo habías contado'.
Me enojo fácilmente, casi siempre por banalidades. Lo bueno es que ese enojo no dura más de un par de días. Además, tengo episodios depresivos, aunque cada vez con menos frecuencia.
Pero el peor defecto que alguien puede encontrarme es esa sonrisa de idiota que aparece en mi cara cuando pienso en una 'persona especial'. Sí, claro, especial. Si hiciera una lista de todas las personas a las que he considerado 'especiales' en algún momento, tardaría algunos días en terminar. Lo cierto es que por todos ellos siempre ha existido esa sonrisa. Esa estúpida sonrisa. Un mensaje, una carta o incluso el solo hecho de escuchar su nombre basta para cambiar mi rostro y mi semblante.
A veces olvido lo bueno que es ser yo.